lunes, 15 de septiembre de 2014

Jorge Luis Borges



El fin

         Recabarren, tendido, entreabrió los ojos y vio el oblicuo cielo raso de junco. De la otra pieza le llegaba un rasgueo de guitarra, una suerte de pobrísimo laberinto que se enredaba y desataba infinitamente…
         Recobró poco a poco la realidad, las cosas cotidianas que ya no cambiaría nunca por otras. Miró sin lástima su gran cuerpo inútil, el poncho de lana ordinaria que le envolvía las piernas. Afuera, más allá de los barrotes de la ventana, se dilataban la llanura y la tarde; había dormido, pero aun quedaba mucha luz en el cielo. Con el brazo izquierdo tanteó dar con un cencerro de bronce que había al pie del catre. Una o dos veces lo agitó; del otro lado de la puerta seguían llegándole los modestos acordes. El ejecutor era un negro que había aparecido una noche con pretensiones de cantor y que había desafiado a otro forastero a una larga payada de contrapunto. Vencido, seguía frecuentando la pulpería, como a la espera de alguien. Se pasaba las horas con la guitarra, pero no había vuelto a cantar; acaso la derrota lo había amargado. La gente ya se había acostumbrado a ese hombre inofensivo. Recabarren, patrón de la pulpería, no olvidaría ese contrapunto; al día siguiente, al acomodar unos tercio de yerba, se le había muerto bruscamente el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza de apiadarnos de las desdichas de los héroes de la novelas concluímos apiadándonos con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido Recabarren, que aceptó la parálisis como antes había aceptado el rigor y las soledades de América. Habituado a vivir en el presente, como los animales, ahora miraba el cielo y pensaba que el cerco rojo de la luna era señal de lluvia.
         Un chico de rasgos aindiados (hijo suyo, tal vez) entreabrió la puerta. Recabarren le preguntó con los ojos si había algún parroquiano. El chico, taciturno, le dijo por señas que no; el negro no cantaba. El hombre postrado se quedó solo; su mano izquierda jugó un rato con el cencerro, como si ejerciera un poder.
         La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño. Un punto se agitó en el horizonte y creció hasta ser un jinete, que venía, o parecía venir, a la casa. Recabarren vio el chambergo, el largo poncho oscuro, el caballo moro, pero no la cara del hombre, que, por fin, sujetó el galope y vino acercándose al trotecito. A unas doscientas varas dobló. Recabarren no lo vio más, pero lo oyó chistar, apearse, atar el caballo al palenque y entrar con paso firme en la pulpería.
         Sin alzar los ojos del instrumento, donde parecía buscar algo, el negro dijo con dulzura:
         —Ya sabía yo, señor, que podía contar con usted.
         El otro, con voz áspera, replicó:
         —Y yo con vos, moreno. Una porción de días te hice esperar, pero aquí he venido.
         Hubo un silencio. Al fin, el negro respondió:
         —Me estoy acostumbrando a esperar. He esperado siete años.
         El otro explicó sin apuro:
         —Más de siete años pasé yo sin ver a mis hijos.
         Los encontré ese día y no quise mostrarme como un hombre que anda a las puñaladas.
         —Ya me hice cargo —dijo el negro—. Espero que los dejó con salud.
         El forastero, que se había sentado en el mostrador, se rió de buena gana. Pidió una caña y la paladeó sin concluirla.
         —Les di buenos consejos —declaró—, que nunca están de más y no cuestan nada. Les dije, entre otras cosas, que el hombre no debe derramar la sangre del hombre.
         Un lento acorde precedió la respuesta de negro:
         —Hizo bien. Así no se parecerán a nosotros.
         —Por lo menos a mí —dijo el forastero y añadió como si pensara en voz alta—: Mi destino ha querido que yo matara y ahora, otra vez, me pone el cuchillo en la mano.
         El negro, como si no lo oyera, observó:
         —Con el otoño se van acortando los días.
         —Con la luz que queda me basta —replicó el otro, poniéndose de pie.
         Se cuadró ante el negro y le dijo como cansado:
         —Dejá en paz la guitarra, que hoy te espera otra clase de contrapunto.
         Los dos se encaminaron a la puerta. El negro, al salir, murmuró:
         —Tal vez en éste me vaya tan mal como en el primero.
         El otro contestó con seriedad:
         —En el primero no te fue mal. Lo que pasó es que andabas ganoso de llegar al segundo.
         Se alejaron un trecho de las casas, caminando a la par. Un lugar de la llanura era igual a otro y la luna resplandecía. De pronto se miraron, se detuvieron y el forastero se quitó las espuelas. Ya estaban con el poncho en el antebrazo, cuando el negro dijo:
         —Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este encuentro ponga todo su coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace siete años, cuando mató a mi hermano.
         Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su sangre lo sintió como un acicate. Se entreveraron y el acero filoso rayó y marcó la cara del negro.
         Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música… Desde su catre, Recabarren vio el fin. Una embestida y el negro reculó, perdió pie, amagó un hachazo a la cara y se tendió en una puñalada profunda, que penetró en el vientre. Después vino otra que el pulpero no alcanzó a precisar y Fierro no se levantó. Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre.

(Artificios, 1944; Ficciones, 1944)

lunes, 8 de septiembre de 2014

Ficha Martín Fierro

Ficha I Género Lírico Narrativo.

José Hernández nació en 1834 en Argentina. Es el autor del poema “El gaucho Martín Fierro” Fue diputado periodista, senador, y consejero Nacional de educación. Apoyó a la escuela primaria, la creación se museos, la difusión de libros, y la fundación de bibliotecas.

En 1872 se publica la primera parte “El gaucho Martín Fierro” y en 1879 se edita “La vuelta de  Martín Fierro”.  La obra está compuesta por 4894 versos distribuidos en XXXIII cantos
Esta obra se ubica dentro de la literatura Gauchesca,  un género típico del Río de la plata, que surge con el movimiento revolucionario de  comienzos del siglo XIX. Su objetivo es   reflejar el sentimiento  y el ámbito vital del gaucho, aunque trata de temas diversos siempre están presentes la supervivencia, el amor, la muerte.

Estas obras eran compuestas por poetas de la cuidad,  que no eran gauchos, pero que  imitan el verdadero estilo y la forma de hablar, pensar. Es difícil establecer el origen de este tipo de poesía, ya que probablemente surgió como un juego, como una forma de imitar y describir escenas campestres, a pesar de su origen jocoso lleva a convertirse en una forma de denuncia social.

 La poesía gauchesca no es poesía tradicional porque su temática no es producto del patrimonio colectivo heredado, sino producto de la invención del poeta. No es folklórica porque se transmite por escrito, y no es anónima. No es popular porque si bien se dirige a las masas campesinas, por lo general su objetivo es sensibilizar a las masas ciudadanas. 

Martín Fierro


"Martín Fierro" de José Hernández 
CANTO VII


De carta de más me vía
sin saber adónde dirme:
mas dijeron que era vago
y entraron a perseguirme.


Nunca se achican los males,
van poco a poco creciendo,
y ansina me vide pronto
obligao a andar juyendo.


No tenía mujer ni rancho,
y a más, era resertor,
no tenía una prenda güena
ni un peso en el tirador.


A mis hijos infelices
pensé volverlos a hallar
y andaba de un lao al otro
sin tener ni qué pitar.


Supe una vez por desgracia
que había un baile por allí,
y medio desesperao
a ver la milonga fui.


Riunidos al pericón
tantos amigos hallé,
que alegre de verme entre ellos
esa noche me apedé.


Como nunca, en la ocasión
por peliar me dio la tranca,
y la emprendí con un negro
que trujo una negra en ancas.


Al ver llegar la morena,
que no hacía caso de naides
le dije con la mamúa:
"Va... ca... yendo gente al baile".


La negra entendió la cosa
y no tardó en contestarme,
mirándome como a un perro:
"más vaca será su madre".


Y dentró al baile muy tiesa
con más cola que una zorra,
haciendo blanquiar los dientes
lo mesmo que mazamorra.


"Negra linda"... dije yo,
"me gusta... pa la carona";
y me puse a talariar
esta coplita fregona:


"A los blancos hizo Dios,
a los mulatos San Pedro,
a los negros hizo el diablo
para tizón del infierno."


Había estao juntando rabia
el moreno dende ajuera;
en lo oscuro le brillaban
los ojos como linterna.


Lo conocí retobao,
me acerqué y le dije presto:
"Por... rudo que un hombre sea
nunca se enoja por esto."


Corcovió el de los tamangos
y creyéndosé muy fijo:
"Más porrudo serás vos,
gaucho rotoso", me dijo.


Y ya se me vino al humo
como a buscarme la hebra,
y un golpe le acomodé
con el porrón de ginebra.


Ahi nomás pegó el de hollín
más gruñidos que un chanchito,
y pelando el envenao
me atropelló dando gritos.


Pegué un brinco y abrí cancha
diciéndolés: -"Caballeros,
dejen venir ese toro;
solo nací... solo muero."


El negro después del golpe
se había el poncho refalao
y dijo: -"Vas a saber
si es solo o acompañao."


Y mientras se arremangó
yo me saqué las espuelas,
pues malicié que aquel tío
no era de arriar con las riendas.


No hay cosa como el peligro
pa refrescar a un mamao;
hasta la vista se aclara
por mucho que haiga chupao.


El negro me atropelló
como a quererme comer;
me hizo dos tiros seguidos
y los dos le abarajé.


Yo tenía un facón con S,
que era de lima de acero;
le hice un tiro, lo quitó
y vino ciego el moreno.


Y en el medio de las aspas
un planazo le asenté
que lo largué culebriando
lo mesmo que buscapié.


Le coloriaron las motas
con la sangre de la herida,
y volvió a venir furioso
como una tigra parida.


Y ya me hizo relumbrar
por los ojos el cuchillo,
alcanzando con la punta
a cortarme en un carrillo.


Me hirvió la sangre en las venas
y me le afirmé al moreno,
dándolé de punta y hacha
pa dejar un diablo menos.


Por fin en una topada
en el cuchillo lo alcé
y como un saco de güesos
contra un cerco lo largué.


Tiró unas cuantas patadas
y ya cantó pal carnero.
Nunca me puedo olvidar
de la agonía de aquel negro.


En esto la negra vino,
con los ojos como ají,
y empezó la pobre allí
a bramar como una loba.
Yo quise darle una soba
a ver si la hacía callar;
mas pude reflesionar
que era malo en aquel punto,
y por respeto al dijunto
no la quise castigar.


Limpié el facón en los pastos,
desaté mi redomón,
monté despacio y salí
al tranco pa el cañadón.


Después supe que al finao
ni siquiera lo velaron
y retobao en un cuero
sin rezarle lo enterraron.


Y dicen que dende entonces
cuando es la noche serena
suele verse una luz mala
como de alma que anda en pena.


Yo tengo intención a veces,
para que no pene tanto,
de sacar de allí los güesos
y echarlos al camposanto.